miércoles, 2 de diciembre de 2020

Caminos

Hay una frase que tiene su versión en muchos pueblos y culturas distintas a través de los siglos. Es curioso, como si a pesar de las muchas diferencias que el ser humano y sus civilizaciones puedan haber tenido y seguir teniendo, determinadas ideas son inmutables en su esencia. La frase reza: "donde hay una voluntad, hay un camino".

No recuerdo exactamente cuándo esa frase apareció en mi vida y la sensación es que ha estado ahí siempre. La sensación, como muchas otras, puede no ser más que la historia que me gusta contarme.
Pero lo que es innegable es que creo ciegamente en esa idea: en que la voluntad abre caminos, posibilidades y mundos allá donde la desesperanza y el miedo cierran libros y terminan historias.

No creo que esta sea una idea fácil de llevar a la práctica, ni creo que sea para todo el mundo. Todavía vivo queriendo hacerme digno de ella. Y es curioso, porque recuerdo que muchas veces las personas de mi entorno más íntimo me han dicho, entre la broma y la advertencia, que soy un cabezota que no sabe cuándo hay que rendirse.

Pero no se trata de eso: no se trata de perseguir caminos y posibilidades dañinas contra toda lógica y contra toda adversidad. No hablo de empeñarse en perseguir quimeras que puedan destruir o matar el espíritu. Hablo de aprender a ver más allá, de conocerse a uno mismo, de respetarse, de saber qué es lo que quieres y trabajar en ello pese a cualquier dificultad. Hablo de saber qué caminos merecen la pena, qué historias son dignas de continuar escribiéndose. Y también de saber que cada uno solo puede responsabilizarse de su propio camino.

Yo conozco el mío y estoy comprometido a caminarlo, un trecho cada día. ¿Una confesión? Hay trechos, por muy justos y valiosos que sean, que se hacen muy difíciles. Pero también me hacen sentir que cada dificultad tiene su propósito y que para que ciertos caminos puedan entrecruzarse y enriquecerse, es necesario haber aprendido de las jornadas más duras.


viernes, 27 de noviembre de 2020

And I, you

" (...) Even if I have to endure two hundred years of purgatory, two hundred years without you, then that is my punishment that I have earned for my crimes. For I have lied, killed and stolen, betrayed and broken trust. But when I stand before God, I’ll have one thing to say to weigh against all the rest: Lord, ye gave me a rare woman... and God, I loved her well.

(...)

- I love you.
- And I, you."

Hoy aprendí que dejar marchar también es amar.









martes, 17 de noviembre de 2020

Oceanos de Tiempo

El sol brillaba inusualmente cálido aquella mañana de Otoño. 

Él caminaba haciendo crepitar a su paso las hojas caídas. Sentía en la piel la agradable sensación de tibieza que tanto echaba de menos en los días grises y dejó que en su cara se ensanchase una sonrisa amplia, de esas que le arrugaban la cara. 

Llegó al sitio acordado y eligió una mesa que tenía el diseño de las sombras de las ramas de los árboles vecinos y los rayos de luz que se filtraban a través. Se sentó y vio que ella estaba llegando casi a la vez. 

- La edad nos está haciendo puntuales -dijo ella a modo de saludo.
- ¿Crees que es cosa de la edad? -respondió él.
- La edad, la experiencia, querer dejar de sentir vergüenza por cómo te miran cada vez que tardas veinte minutos más en llegar a un sitio... es lo mismo.

Se sentaron observando la distancia de seguridad y cuando se quitaron las mascarillas, ambos descubrieron que el otro también sonreía. Pidieron refrescos: una CocaCola light ella, una Zero él.

- Iba caminando por la calle y miraba los edificios y pensaba...¿cuándo hemos dejado que pase tanto tiempo? -reflexionó ella después de su primer sorbo.
- No creo que lo hayamos dejado pasar. Me parece que es él el que ha pasado sin pedirnos permiso -repuso él.
- ¿Quién se ha creído que es? Lo que más me molesta es esa sensación de que todo sucedió ayer cuando si lo piensas, han sido casi quince años...
- Quince años -repitió él despacio, como queriendo sentir el peso de las palabras- Quince años...
- Y mientras venía pensaba en todas esas cosas que me parecían un mundo entonces. Recuerdo estar llorando allí -se giró ella para señalar el lugar- desconsolada, como si el mundo ya no fuera a tener sentido nunca más. Y mira...
- Sí, recuerdo cosas parecidas. Aquí, en esta misma calle... y luego la vida siguió. Y parece que sí tenía mucho sentido. Nada ha sido como lo esperaba. ¿Será que tenia falta de imaginación?
- Creo que es parte del encanto de vivir: te pasas días angustiada para que todo salga como lo tienes planeado y luego nada sale como querías. Y te despiertas un día pensando que todo es mucho mejor de lo que podías haber soñado. Que la felicidad es ahora, que no necesitas nada más.
- Recuerdo haberme despertado así. No hace tanto... pero parece tan lejano ahora. Siento que el tiempo juega con nosotros: que se alarga cuando nos duele, corre cuando somos felices y de pronto nos hace sentir que la felicidad ya fue, que quedó atrás. Y entonces somos nosotros los que corremos, queriendo alcanzarla de nuevo, encontrarla, remover cada piedra buscándola... No sé, puede que parte de madurar sea darse cuenta de que siempre está delante de nuestras narices, que no hay que hacer grandes aspavientos ni recurrir a épicas búsquedas. Que la búsqueda es hacia dentro. -concluyó él golpeando su pecho con el dedo pulgar.
- ¿Sientes que ya has madurado? -preguntó ella, burlona.
- Nah... no diría tanto. Pero a veces me siento mayor. Me sorprendo dándome cuenta de que hay experiencias y cosas que siempre pensaba que  querría y ahora me parecen más prescindibles. O que tienen su lugar, y que es más pequeño de lo que calculaba. Me siento distinto al chaval que iba por esta calle arriba y abajo hace tantos años.
- Sí, yo también me siento distinta. Todo ha cambiado.
- Hay cosas que no han cambiado... 
- No, no es verdad. Todo ha cambiado. Nosotros ya no somos los mismos. 

Él calló entonces, mirando las hojas moverse con la brisa. Quizá era verdad, como en el Poema XX de Neruda: "nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos." Pero entonces ¿de dónde salía esa sensación de que lo esencial seguía ahí, inmutable?

-¿Sabes? Me ha venido una frase a la cabeza. De una película. -volvió a hablar él- La volví a ver... no importa. El caso es que una frase se me quedó clavada, no me había fijado antes en ella. Decía algo así como que... “El amor es lo único que somos capaces de percibir que trasciende las dimensiones del tiempo y del espacio”.
- Tal vez -dijo ella después de unos segundos- quizá eso es lo que nos mantiene sintiendo que lo importante no ha cambiado a pesar de que todo lo demás sí lo haya hecho.
- No sé si la física cuántica funciona realmente así, pero me gusta pensar que sí. 

Los refrescos se habían terminado y él hizo una seña a la camarera para pedir otro. Se levantó la brisa y él se puso su cazadora de cuero para no perder esa agradable sensación de tibieza en el cuerpo.

- Ya no te pones la cazadora que te regalé -dijo ella como en un reproche divertido.
- Esa es una de las cosas que han cambiado, ¿sabes? Entonces ninguno pensábamos que llegaría a quedarme pequeña. Pero mira...
- Pero la guardas. Sé que aún la guardas.
- Claro que la guardo. Algún día encontraré un buen uso para ella.

Así siguió la mañana. Los refrescos dieron paso a un paseo, las calles cambiaron y las risas y los recuerdos siguieron desfilando. Y cuando se despidieron y cuando la vio marchar, pensó en todas las cosas que siempre había dado por supuesto acerca de cómo sería su vida. 

No se pueden juntar los puntos hacia adelante, sólo puede hacerse mirando hacia atrás. Las palabras dichas se convierten en polvo; las escritas perduran y a veces es peor que lo hagan, porque descubrimos que no aguantaron el paso de los meses. Y eso puede doler.

Pero con el paso del tiempo, en el transcurso del navegar, hay algo que perdura y que trasciende a los sentimientos, a las palabras dichas y a las que se callaron. Ese algo es lo que realmente importa y que merece la pena atesorar. Es algo más tangible, más ineludible y más inmutable que los juramentos que afirman poder resistir océanos de tiempo. Algo en lo que no cabe el ego, el sufrimiento, el rencor o la amargura.

Quizá sea el Amor que sólo sabe ser.







domingo, 15 de noviembre de 2020

Hacia las estrellas

 Anoche miraba el cielo estrellado de Valencia. Quizá una de los efectos positivos de un toque de queda es que a partir de cierta hora ya no hay coches. Menos coches es menos contaminación, menos luces. Y eso significa más estrellas asomándose en el cielo estrellado.

A los pocos segundos pude ver con claridad la figura inconfundible para mí de Orión, el gran Cazador. Lo recuerdo ahora y pienso que lo más natural habría sido que a mi cabeza hubiera acudido la canción "Llamando a la Tierra" de M-Clan, simplemente porque nombran el cielo de Orión. Pero en ese momento en mi mente empezó a resonar otra melodía, una que llevaba años sin escuchar. 

Era la música de una película de mi infancia, la historia de un cazador de dragones y un sabio dragón de voz inolvidable. Una música de orquesta, una melodía de cuerdas y vientos, de voces y tambores, entre la dulzura y la épica. Una melodía de redención.

Traté de hacer una foto de aquel momento y por un impulso sin sentido sentí la necesidad de compartirlo. Pero el recuerdo que quise crear no hacía justicia a lo que estaba pasando dentro de mi. No es eso lo que necesitaba, lo supe en seguida. No era eso lo que quería compartir. Pero lo dejé estar y sólo seguí allí un rato más, mirando a Orion y escuchando aquella música. 

Hay muchas cosas que no entiendo en los últimos tiempos, muchas preguntas sin respuesta. Y empiezo a aceptar que no todas las preguntas deben tener una; o que las respuestas que ansiamos no son lo que realmente necesitamos. 

En aquellos momentos de la noche sentí que al margen de lo que estoy aprendiendo de mí mismo y de lo que aún ignoro, al margen de lo que he decidido que quiero construir para mi vida, lo único que tenía era ese momento exacto, esas estrellas, esa música. Y que eso es lo único que importaba vivir: ese preciso instante, todas esas sensaciones intensas, todas esas dudas y todas esas certezas arremolinándose dentro de mi, golpeando con fuerza mi pecho, apretando mi mandíbula, deslizándose hacia afuera en un rastro casi invisible.

Anoche viví un momento lleno de belleza y de emociones que no quiero explicar. Pero de alguna manera sí quiero dejar constancia de que sucedió.



jueves, 12 de noviembre de 2020

Trampas al Solitario

Saber algo no es lo mismo que haberlo aprendido. Puede que esa sea una de las trampas en las que más caigo en mi vida

Soy una persona que cuando duda del funcionamiento de algo, corre a buscar un manual de instrucciones. Leer sobre un problema o sobre una situación desconocida me hace sentir que empiezo a dominarlo, que ya lo entiendo. Que ya sé lo que pasa. Por eso quizá muchas veces encadeno una lectura a otra, y otra y otra, pensando inconscientemente que cuanta más información caiga en mi cerebro, mejor se me dará dominar una situación concreta.

Quizá por eso cada vez más leo sobre los temas que me inquietan; leo todo lo que puedo sobre ello, busco distintos ángulos, distintas fuentes; escribo sobre lo que aprendo, reflexiono. Y ya siento que lo he aprendido. Que esos nuevos conceptos, que esa nueva información ya están afianzados en mi cabeza. Sólo porque ya sé que están ahí, que existen.

Y no. Es verdad que el buen conocimiento no ocupa lugar y que beber de varias fuentes es deseable. Pero saber algo, entender algo nuevo de forma racional no es lo mismo que haberlo aprendido. Porque el aprendizaje es algo que se refleja en los hechos tangibles.

Aprender es llevar a la acción, que la teoría y los conceptos formen parte de la vida, del día a día, de las elecciones personales, los pensamientos y las acciones. 

Saber está muy bien. Hacer algo con lo que sabes, que marque la diferencia, que sus efectos sean palpables en tu vida, es otro nivel.

Por eso hoy creo que a veces conviene dejar los libros a un lado. Y vivir.










sábado, 31 de octubre de 2020

Saint Swithin's Day

Hace años incorporé a mi vida una frase de Oscar Wilde que decía: "Lo único capaz de consolar a un hombre por las estupideces que hace, es el orgullo que le proporciona hacerlas."

Yo siento ese orgullo en las estupideces que cometo. Quizá porque son muy mías, tanto que incluso podría predecir que voy a cometerlas. Ciertas estupideces, sobre todo si me sale del corazón hacerlas, me dejan un sabor dulce en la boca. Puede que haga una mueca al recordarlas algún día. "Qué corte", vendría a decir. O "qué idiota eres". Tal vez "menudo pringado". Pero me reconoceré en esas estupideces porque me conectan con mi parte más vulnerable, más inocente, más... puede que la palabra sea ingenuo. Y en los momentos que importan, aún encuentro cierto orgullo en sentirme así.

Es parte de mi esencia, y la esencia no puede cambiarse. Y parte de la mía es hacer algunas estupideces bienintencionadas; o esperar lo mejor de las personas; o emocionarme con unas notas y una historia; o escribir palabras como quien predica en el desierto; o aprender muy... muy... muy... lento.


viernes, 30 de octubre de 2020

Añoranzas

Echo de menos hacerla reír. Ver cómo se le cierran los ojillos y se desdibuja el hoyuelo de su barbilla, escuchar esa risa tan suya. En esos momentos sabía que era ella, brillando en una carcajada.

Echo de menos verla desatarse en un escenario y cantar, poner todas esas caras tan graciosas mientras se mueve como la reina del soul, del rock, del blues, de toda la música. Echo de menos esas miradas cómplices que se le solían escapar, da igual todo lo que haya pasado entre entonces y ahora.

Echo de menos hablar con ella. Lo echo mucho de menos. Echo de menos las conversaciones que no tenían más que el aquí y el ahora, cuando podíamos decir lo que pensábamos sin reservas. Echo de menos sorprenderme en temas que nunca creí que hablaría, enredarnos horas y horas sin darnos cuenta. Echo de menos escucharla hablar de las cosas que le apasionan, planear las cosas más lejanas y bonitas, sentirla ilusionada. 

Echo de menos apuntar a un huevo ridículo con armas imposibles en una pantalla de ordenador y sentir su entusiasmo al ganarme y su rabia al perder. Echo de menos jugar con ella al ajedrez y que me ponga en apuros. Pensaba que llegaría a ganarme todas las partidas.

Echo de menos que se metiese conmigo por mi poca creatividad en la cocina. Echo de menos verla queriendo enseñarme, extraño cocinar cosas nuevas con ella. Echo de menos su pasta a la boloñesa, que a veces, sin éxito, trato de recrear.

Echo de menos llevarla detrás, abrazada a mí en la moto y que me recuerde que se sabe mil veces mejor que yo las reglas de circulación. Que me recuerde que, bueno, que puedo pasarme un poquito de cincuenta en poblado pero que setenta es demasiado. 

Echo de menos planear viajes de carretera y que ella ponga la música mientras yo conduzco. Echo de menos que me enseñe los temas que le emocionan, aunque a mi no me digan tanto. Echo de menos sentir ese entusiasmo suyo por hacerme partícipe de su mundo interior, aunque la canción no consiguiese llegarme. Tengo una lista de reproducción que me recuerda que esas veces eran las que menos.

Echo de menos su carilla de sorpresa si la iba a buscar de improviso o si le llevaba una barra de chocolate blanco. Echo de menos la cada vez más difícil búsqueda de Conguitos Blancos para provocar esos ojos desorbitándose y la curva de sus labios explotar en una sonrisa. Qué barato me salía.

Echo de menos ver una serie o una película con ella, apretada contra mí o en la distancia, enganchados a historias de amor a través de los siglos o a la investigación del más brillante detective. Echo de menos intentar engancharnos a una serie nueva. Echo de menos ver con ella esas sitcoms que ella pensaba que no me gustaban, pero que para mi eran más de lo que ella podía suponer. Echo de menos reírme por dentro cuando ella decía todos los diálogos de una película de Disney al ritmo de los personajes.

Echo de menos verla preocupada por cómo sería su casa perfecta, por tener claros los detalles, por asegurar las variables. ¿Dónde será?¿Cómo será?. Echo de menos no entender sus agobios por todos los detalles del futuro que no podemos controlar, echo de menos tratar de tranquilizarla. Sobre todo echo de menos cuando lo conseguía. 

Echo tanto de menos sentirla feliz, escucharla llamarme "Juanmita" o cuando el único objetivo importante en el calendario era querernos. Extraño ser parte de su vida, su mano apretando la mía por debajo de la mesa y aquel extraño y precioso privilegio de poder estar en los momentos malos, sentir retumbar el corazón cuando me decía "nunca lo olvidaré". Sentir esa sensación cálida y familiar al entrar en su casa; tener un abrazo suyo después de mis actuaciones. 

Echo de menos encontrarnos después de una discusión, darme cuenta, lento como yo solo, de cuándo me estaba equivocando. Es curioso, de todo eso lo único que no echo de menos es tener razón. Cuántas veces no era tan importante. Echo de menos poder pedir perdón y que ella pudiese perdonarme.

Echo de menos todo eso y tantas otras cosas que me guardo sólo para mí. Y está bien. No quiero ocultarlo, no quiero hacer como si esto no estuviese pasando. No quiero aparentar, no quiero esconder que existen estos deseos de cosas imposibles. Quisiera escribir canciones sobre estas y muchas otras cosas, pero de momento no parezco capaz más que de hilar prosas torpes, sin florituras ni metáforas. Unicamente consigo solos de palabras descarnadas. Qué pena que sea necesaria esta distancia y este silencio para darme cuenta de algunas cosas. Qué pena que haya que echar de menos. Sobre todo, quisiera no tener que echar de menos.

Así estoy, extrañando muy fuerte todo lo que fue con ella. Porque fue real y porque fui feliz. Claro que recuerdo todo lo que no echo de menos. Claro que sé que en mis manos solo estaba mi cincuenta por ciento. También sé que no la necesito para estar completo, aunque a veces sienta que no me será posible. Sé que ella tampoco me necesita a mí: que será feliz, que seguirá su camino y sonreirá y cantará. Lo sé, lo sé. Sé lo que dicen los poetas sobre el olvido y también sé lo que dicen los expertos sobre las relaciones.

Ya no está a mi alcance. No puedo desandar lo andado. La respuesta, el camino, la vida... está delante de mí. Necesito paciencia y nunca fue lo mío, pero supongo que nunca es tarde para aprender a tenerla.  Mientras tanto acepto que sólo soy humano y que siento. Y me permito echar de menos. Siempre hay resignación en toda aceptación, ¿no?

Y después de un rato de añoranzas, puedo volver a sentir los pies en el suelo y recordar que hoy es hoy y que no hay nada más. El viaje sigue necesitando de mis pasos y aunque las huellas que añoro queden cada vez más lejos, las cosas que importaban siguen importando y todo lo que ella me regaló se queda conmigo. Las huellas que dejamos atrás ya no pueden volver a pisarse, pero de ellas podemos aprender a caminar mejor los pasos que tenemos por delante.

Allá adelante veo unas colinas. Veamos qué hay detrás.