miércoles, 26 de enero de 2011

Decisiones

Cae la noche y hace frio. Nick suelta una de las manos del volante y busca a tientas el panel de la calefacción, sin dejar de mirar por el parabrisas. Lo encuentra. Clac. Ya está. Ahora toca esperar a que el dichoso trasto haga su trabajo y caliente un poco el interior del veterano vehículo. Veterano. No viejo. Nick está orgulloso de su cacharro. Sonríe mientras corta el viento superando la barrera de los 120 por la solitaria autopista. No queda mucho... un par de cientos de kilómetros, según el último letrero. Arena fina, palmeras, aguas cristalinas. ¿Quién sabe? Él nunca ha estado allí antes, y hoy en día no puedes fiarte de los panfletos para turistas. Y sin embargo...

Vuelve a sentir esa sensación, esa sombra que le acompaña casi desde que empezó el viaje. Se revuelve incomodo en el asiento. Y si...

¿De verdad quiere playas paradisiacas, tirarse en la arena, seguir las guías para turistas? ¿Fiestas con desconocidos?¿Por cuanto tiempo? Transcurre media hora. Luego otra media. El coche por fin está caldeado. Se cruza en su trayectoria el letrero que anuncia que quedan 114 kilómetros. Nick suspira, el ceño fruncido.

Una estación de servicio. Nick toma el desvío, pisa el freno y detiene la maquina. Sale y se dirige a la cafetería. Entra con paso firme. Analiza lo raído del lugar, siente el olor penetrante de café malo. Se sienta en la barra y pide un té con leche. La camarera, que ya estaba a medio camino entre la cafetera y el estante del alcohol, le mira raro. Se oye el trajinar detrás de la barra, la tos áspera de un camionero y el sonido de la tele mal sintonizada. La camarera trae el té y Nick paga. Un sobre de azúcar, por favor, le dice mientras suelta las monedas sobre el mostrador. Ella lo trae y se pierde en la cocina. Nick echa un vistazo a su alrededor mientras agita con fuerza el sobre de azúcar. Solo para cuando este se ha apelmazado en el otro extremo, duro como una piedra al tacto. Entonces lo abre y lo vierte todo en la taza. El té le acaricia la nariz y le calienta el ánimo, misteriosamente decaído desde Dios sabe que kilómetro de ese viaje. Mierda. Con esas dudas a solo 100 kilómetros. Maldita sea tu sombra, Nick Halden, se dice.

Y de pronto lo siente. Es esa sensación en la que sientes que has aguantado miles de litros de agua dentro, como en una gran presa construida con argumentos cojos, enfados, sinsabores, adobe que te vendieron como cemento y vigas de madera que se hacen pasar por acero templado. Esa sensación en la que sientes como la pequeña grieta que es una duda no invitada empieza a ganar terreno, resquebrajando todo el armatoste. Hasta que... ¡crash! Pero... ¿porqué no será todo más sencillo?

Otro sorbo al té. Coge el sobre de azúcar y lee el anverso. Insustancial. Luego el reverso. Toma. Relee. Karma, dicen algunos. Jilipolleces, suele contestar para sus adentros él. Pero mira, ahí está, escrito en letras marrones sobre fondo blanco. Nick apura el té y se pone en marcha. Sale del mugriento local. Se sienta en el coche. Arranca y conduce hasta la salida. Un letrero. Derecha, 112 kilometros para el destino que ya decidió. Izquierda, algunos más de vuelta. No lo duda.

La maquina atraviesa la fria noche como un rayo rojo. Nick sonríe al volante. En el salpicadero, el arrugado sobre de azúcar. Por delante, la oportunidad. Reflexiona sobre lo que quiere hacer de verdad. Y piensa que tal vez prefiere un buen gelato o un buen fish and chips a la sombra en vez de las playas y sus palmeras. A lo mejor es un buen momento para pedir disculpas. Tal vez aprenda por fin a navegar. Quien sabe. Enciende la radio. Bingo. Esta le gusta. Acelera.

Aminora cuando ve el cartel de peaje. Saca el justificante de paso, el mismo que atravesó horas antes, esta vez de vuelta... en fin, la lección le ha costado, entre otras cosas, un puñado de euros. Tampoco es para tanto. Más se perdió en Cuba.

El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir nunca decide.
Henry. F. Amiel




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