martes, 13 de marzo de 2012

Crossroads

You know I'd sooner forget, but I remember those nights...”


En toda vida llega un momento en que el viajero se topa de pronto con una encrucijada. Un cruce de caminos. Uno que puede estar encarnado por una persona inesperada, por un cambio de viento o por un vuelco brusco en los acontecimientos. Pueden ser tantas cosas... Pero los cruces de caminos existen, y en cada vida uno se encuentra con varios. Unos más importantes y trascendentes que otros. Echo la memoria atrás, y recuerdo. Y resulta que este blog nació en un cruce de caminos. Y es en un cruce de caminos donde va a terminar.

Como una construcción de fichas de dominó gigante, y con un solo empujón, han desfilado por aquí textos que quizá nunca debieron ver la luz. Casi cuatro años. Cuatro. Años. Un proyecto para la carrera, un escaparate para los sentimientos, el altavoz de mi nostalgia, un hombro sobre el que llorar letras, una pira en la que avivar recuerdos, un lienzo en el que pintar ilusiones, un campo verde en el que soñar despierto. Esto ha sido este blog. Un conglomerado caótico de mi mismo que no se me fue de las manos, porque nunca estuvo bajo control. Nada académico, nada sensato. Nunca culto, nunca con pretensiones. Por aquí ha desfilado mi imaginario personal (sonríe y enumera, Elena). Todos y cada uno de sus lugares, situaciones y personajes. Y mis alter egos. Y mis fantasmas. 

Los lobos, la Luna, el fuego, Cyrano, Londres, la música, Mark Knopfler, Elvis y los Beatles; Lucas y Nate, la princesa de cabello rubio tímido, Jofiel, Nick Halden, Mario Santos, el mus y la chica rebelde de bonitos mofletes. El Viento del Este. Y el del Norte. Vientos que me trajeron el amor, la culpa, el dolor, la soledad, la alegría, la esperanza, la rabia, el desengaño. Pedazos de una parte de mi vida.

Enumerar no se me da bien. Tampoco acabar las cosas. Algo comprensible, dado que soy torpe empezándolas. ¿Alguna vez has leído cosas que escribiste hace años? Mucha gente lo hace, y más gente debería hacerlo. Yo lo he hecho con este blog. De cabo a rabo. Y me queda esa curiosa sensación de que habiendo cambiado tanto mi vida y yo mismo, en el fondo, en alguna parte y a pesar de todo, sigo siendo la misma persona. Y es un alivio.

Siempre he creído que aunque es cierto que la vida tiene capítulos, todos deben estar escritos en el mismo libro. Pero quizá esto no pueda aplicarse aquí. Pensaba que seguiría escribiendo en este mismo blog... pero creo haber descubierto que este es un círculo que debo cerrar. Aunque esta vez el cruce de caminos sea uno que no está en la tierra ni en las circunstancias, sino que es tan solo dos letreros que yo mismo he colocado. Uno hacia atrás. Otro, señalando nuevos horizontes. Algo inciertos, pero nuevos.

Estas no son letras para despedirme de los pocos lectores que por amistad o por accidente acabaron leyendo mis caóticas historias. De los pocos blogs que he seguido, los más importantes quedaron... inconclusos. Lo que hace que de vez en cuando vuelva a visitarlos. Por si traen una nueva historia, algún signo de vida. Hasta ahora, nada. Creo que a esta Calle del Telégrafo le debo un cierre, unas palabras de despedida. Y una última canción: la que le dio origen. 

A mi, si por alguna extraña razón quisierais seguir leyéndome, me encontraréis en nuevas costas. Con otras historias. Otros proyectos. Otros sueños. A quien lleguen estas letras, que nunca tuvieron más sentido que el tratar de explicarme a mi mismo: gracias.



martes, 6 de marzo de 2012

La sombra y la Luna.

Juan Ramón Jimenez escribió una vez: “La Luna asombra mi vida como si fuera una ilusión


El otro día escuché estas palabras en la acogedora penumbra de un gran teatro, pero era un mago quien las pronunciaba. La luz se hizo aun más tenue y empezó a sonar un piano. ¿No puede considerarse magia que tan solo unas palabras y unas notas de piano toquen lo más profundo de alguien? En el escenario apareció una Luna en cuarto Creciente, como invocada por la música. El mago iluminó una lámpara con un solo chasquido de sus dedos, y en las puntas de sus dedos extrajo de ella un pequeño punto de luz, con el que iluminó una oscura caja que mostró vacía. Proyectando su sombra en el interior de la caja, el mago creó imágenes con sus manos. Un árbol, una isla, una mujer...

Con un chasquido de sus dedos, o tal vez con un solo pensamiento, la sombra de la ilusión se vistió de realidad, y de la caja surgió una mujer preciosa, de largos cabellos dorados. De la sombra venía, y la Luna la llamaba. Y el mago la dejó ir a que jugase con ella unos instantes. Juntas, la mujer y la Luna danzaron al son del piano. Era un baile que se hacía más y más rápido, frenético, y que encerraba algo inquietante. Los violines que sonaron de pronto parecían presagiar tormenta, pero el piano los acalló. Era Primavera.

Las ilusiones no fueron creadas para durar, y el mago llamó a la chica, que se despidió de la Luna. Luego el mago cubrió a la chica con una gran capa roja, y la condujo al centro del escenario con mimo. Allí pareció susurrarle algo al oído, mientras acariciaba su cabello color de sol. Y de pronto el mago retiró la capa, y donde había estado la mujer hecha de sombras e ilusión sólo había un polvo brillante que caía sobre el mago, que cerrando los ojos, se abandonaba al tacto de aquella lluvia.

La magia se había apoderado del público. Los aplausos llenaron el teatro mientras el piano todavía sonaba. Algunos, arrebatados por el momento que acababan de vivir, eran incapaces de reaccionar. Necesitaban aún unos segundos para que su mundo volviera a regirse por las leyes Naturales antes de poder mover las manos para aplaudir. 

“Magia” susurré yo. Y la palabra se derretía en mi boca y llenaba mi mente. Mientras tanto el piano se iba callando, y el mago desaparecía del escenario, dejando detrás de él cientos de almas tocadas por algo más grande y hermoso que el miedo, la preocupación o el dolor con el que habían entrado en aquel teatro.